3/1/18

¡Feliz Amigo Invisible, Keena Sigrunn!

Para: Keena Sigrunn
De: Látex (Pinch-Hitter)
Título: Bajo el Muérdago Perfecto.
Pareja: Bruce Banner/Clint Barton (Amerikate de fondo)
Resumen: Kate no puede ver a Clint triste, así que decide que cambiará eso con ayuda de su novia. Claro que los métodos de América son menos... complejos que los suyos, y finalmente más efectivos.
Clasificación: Para todo público.
Advertencias: Ninguna.
Renuncia: Todos los personajes pertenecen a Marvel Studios.






 *Bajo el Muérdago Perfecto*

Clint la miró entrecerrando los ojos sospechosamente. Kate rodó los suyos y siguió tomándolo de la mano para guiarlo dentro de la pizzería. Se sabía de sobra esas miradas y después de tanto tiempo conociéndolo, ninguna la hacía sentir tan mal.


—¿De qué va todo esto, chica?— preguntó finalmente el rubio entre dientes.

Kate paró en seco y encaró a su amigo y mentor.

—Deja de llamarme “chica”. Conoces mi nombre de sobra, ¿es tan difícil pronunciarlo?

Clint esbozó una pequeñísima sonrisa de lado. Y eso fue un triunfo para Kate absolutamente. El rubio se había visto bastante decaído durante las últimas semanas, y eso estaba mal en todos los niveles. A Kate le disgustaba tremendamente todo lo que pusiera enojado o triste a Clint Barton, a tal grado que el estado de ánimo negativo de su mejor amigo la contagiaba. Como consecuencia, Kate se había deprimido un poco también.

América la había acorralado una noche para cuestionar el por qué de su ánimo vacilante. La inteligente latina había logrado sacar de Kate lo que ella misma se preguntaba. No le sorprendió, América la conocía como la palma de su mano. Así que entre las dos llegaron a la conclusión de que Clint estaba decaído por algo… más bien alguien, que había rondando los pensamientos del rubio durante mucho tiempo. Y aunque Kate se sintió un poco herida de que Clint no confiara lo suficientemente en ella para confesarle el por qué de su mal talante, aceptó la idea de América.

Porque no podían ayudar a Clint sin tener las pruebas de que esto funcionaría correctamente y el arquero mayor pudiera salir triunfador. Así que, como un buen trabajo en equipo, Kate se encargaría de Clint y América intentaría acercarse al escurridizo y nervioso Doctor Banner. Y Kate tenía que reconocer que la parte difícil le tocaría a su novia… Sólo esperaba no tener que recogerla en pedazos después de que cierto gigante verde se sintiera amenazado.

Apartando ese pensamiento inquietante de su mente con un ligero cabeceó, Kate correspondió a la sonrisita de Clint y lo guió hasta una cabina alejada de la pizzería.

—¿Por qué no la pedimos desde casa? Es lo que siempre hacemos— cuestionó el rubio cuando ambos se sentaron.

—Porque en casa no puedo disfrutar de una pizza de doble queso mientras te saco la sopa.

—Aw, que buena explicación— respondió él sin emoción alguna. Luego frunció el ceño ligeramente—. ¿Cómo lo supiste?... Espera, ya lo sé. América hizo dote de su complejo Sherlock Holmes de nuevo, ¿verdad? ¿Han estado espiándome?

—Uh... — balbuceó Kate ante la conclusión de Clint.

—Escucha, Kate— siguió Clint sin esperar una respuesta coherente apretándose el puente de la nariz—. No necesito que tú y tu novia hagan de cupido. Sé que el portar el arco y la flecha puede confundirte, pero esto no es fantasía. Bruce simplemente… Él no…

Y Clint dejó lo siguiente al aire. La mujer no supo si fue porque él no quería decir en voz alta lo que lo lastimaba o porque precisamente llegó el joven camarero a pedir su orden. Vaya, Kate comenzaba a sentirse un poco estúpida. Ella iba dispuesta a regañar a Clint por no atreverse a hablarle a Bruce sobre lo que, era evidente, sentía por él. No esperaba que de alguna manera ya lo había hecho y Bruce lo había rechazado. Joder, Clint tenía razón. Ella y América eran las “Sherlock Holmes” más patéticas de la historia. Pero quizás no tanto…

—Una grande con extra queso y dos sodas de naranja— escuchó decir a Clint al joven camarero. Luego él exhaló un enorme suspiro y se recargó en el respaldo del asiento en la cabina.

Kate repitió el suspiro sin darse cuenta y miró a Clint a los ojos.

—Lo siento— comenzó con suavidad—. Así que Bruce simplemente dijo que no— agregó bajando las cejas.

Clint resopló y desvío la mirada hacía la ventana, mirando las luces casi cegadoras del tráfico pesado y las que adornaban cada rincón de la ciudad por las fechas. Todavía  no había caído la primera nevada, pero las bufandas y abrigos eran tan indispensables como respirar. Clint se acomodó mejor el cuello de su chaqueta peluda y apretó los labios.

—Puedo hacer tantas cosas. Soy hábil en tantas cosas. ¿Por qué no puedo ser hábil para demostrarle que no tiene qué temer?

Y Kate terminó por comprender. A veces era sorprendente cómo la comunicación fluía entre ella y Clint. No sólo eran buenos juntos luchando, también lo eran como los mejores amigos. Se entendían con pocas palabras.

—¿Está enamorado de ti?— preguntó Kate de pronto. No fue una pregunta sorprendida, de hecho tenía toda la seriedad que era capaz de demostrar.

—No lo sé— negó Clint con la cabeza y volvió a mirarla de frente—. A veces creo que sí. Es decir, le veo mirarme con un brillo en sus ojos… La forma en que, sin darse cuenta, se sonroja. ¡No como una colegiala japonesa!— exclamó de pronto, y Kate sonrió suavemente cuando se dio cuenta de que la mirada de su amigo iba más allá de ella— No, apenas es visible, ¿sabes? Un ligero oscurecimiento en sus mejillas. Y la manera en que mueve las manos y se encorva, cuando se lame el labio inferior, tan nervioso. A veces deja que lo toque. No huye de mi contacto, ¿sabes? Y otras veces es él, no sé si lo hace conscientemente o no, pero él me toca, luego se da cuenta y se aparta… y es tan jodidamente adorable. Me escucha aunque la mayoría de lo que digo es basura. Si está haciendo ciencia deja de hacerla para ponerme atención…— suspiró largamente y dejó caer la mirada a la mesa—. Es la primera vez que no sé leer las señales. No sé si es amable conmigo porque así es él, amable y perfecto. O si siente algo…

—Y de todas formas da igual porque tiene miedo. Le da terror amarte, y también le da terror no amarte— habló Kate con nostalgia.

Clint subió la mirada de nuevo para verla. Iba a abrir la boca pero su pedido llegó y se obligó a sonreír con agradecimiento al camarero. El silencio se hizo un poco pesado cuando ambos tomaron una rebanada de su pizza y comenzaron a comerla. Fue Kate la que rompió con eso.

—Fue lo que me pasó a mí—  explicó tragando un bocado—. Tenía tanto miedo de descubrir si amaba o no a América. Ella era… perfecta. Es como vemos a las personas de las que nos enamoramos, ¿no es así?— sonrió y Clint la acompañó con un asentimiento— Y es cuando aceptamos que no son perfectos cuando la comprensión nos golpea. América trató de impresionarme cada vez que podía, era su forma de enamorarme. Y yo comencé a verla perfecta, pero todavía dudaba. Fue cuando se mostró ante mí como era realmente: imperfecta. Su inmadurez, su locura, sus enojos, sus tristezas… Y era jodidamente adorable, como dices tú— suspiró y tomó otra rebanada de pizza—. Entonces me di cuenta que sería algo muy jodido si no le daba la oportunidad. Y míranos ahora. Clint— agregó olvidando por un momento la rebanada—, muéstrate ante Bruce como eres, no intentes desnudar tu cuerpo frente a él antes que tu alma. Entonces él lo sabrá. Sabrá si es más grande el temor a amarte que el temor a no hacerlo.

Clint se quedó boquiabierto un segundo. Luego una pequeña sonrisa se formó en sus labios y fue ampliándose poco a poco.

—¿En serio estoy hablando con Kate Bishop? ¿Mi Kate Bishop?

—Tu Kate Bishop— asintió ella mordiendo espectacularmente su pizza y hablando con la boca llena—. La misma Kate que está loca por América Chávez y no quiere seguir viendo a su mejor amigo como un zombie tristeando por ahí por Bruce Banner. Porque, ¿sabes, Clint? Si al final del día gana el miedo de Bruce a amarte, tú sigues siendo Clint Barton. Él se lo perderá.

Clint respiró profundamente y tomó otra rebanada de pizza.

—Gracias— murmuró y se tragó casi la mitad de la pizza.

***

Con la barriga llena y el corazón menos apretado, Clint y Kate volvieron a la mansión Avengers de la pizzería, llevando un par de éstas para ser repartidas entre los pocos miembros del equipo que se habían quedado en Nueva York. La mansión ya había sido adornada debidamente, y las luces parpadeantes y el aroma del enorme árbol natural que adornaba la igualmente enorme sala, los recibió.

América Chávez saltó del sillón cuando los vio, mirando únicamente las pizzas.

—¡Llegan a tiempo para la cena! ¡Uh, pizza!— exclamó con esa jovialidad que Kate adoraba.

—Lávate las manos primero, “princesa”— dijo ésta alejando la caja de pizza en sus manos y diciendo la última palabra en español.

América sonrió ampliamente, le encantaba cuando Kate mostraba sus progresos en el idioma. Así que lo demostró tomándola del ambas mejillas y plantando un sonoro beso en sus labios.

Clint escondió una sonrisa cariñosa al verlas y se dirigió al comedor para dejar su respectiva caja. Tal vez iría a pulir sus flechas o a entrenar un poco para entrar en calor. Después de todo, había llegado a la conclusión junto a Kate de que lo mejor era intentar alejarse un poco de Bruce. Dejarlo pensar en sus sentimientos y en lo que verdaderamente temía.

Cuando paso por debajo del arco que separaba el comedor de la cocina, vio un muérdago colgado. Resopló casi imperceptiblemente, había un montón de esos por toda la mansión. Eso había sido obra de América y Tony, sin duda. La primera en un intento de besar a Kate cada que se encontraran bajo uno, aunque de lo más absurdo, pensó Clint. América besaba a Kate todo el tiempo sin necesitar de incentivos muerdagenses… Y Tony… bueno, a Stark le gustaba joder a todo el mundo. Ciertamente el beso que Thor le dio a Steve el primer día que aparecieron los muérdagos todavía hacía retorcerse de vergüenza al súper soldado… y a Clint retorcerse de hilaridad.

Con una sonrisa más grande al recordar la cara de Steve, dejó la caja de pizza sobre la mesa.

—Ese no estaba ahí hace un rato— escuchó una suave y ronca voz.

La espalda de Clint se tensó por un momento al reconocer al dueño de esa voz. Recordando su plática previa con Kate, bajó los hombros sin permitirse sonorizar su suspiro. Se giró finalmente para ver a Bruce recargado en la isla de la cocina, seguramente acabado de llegar por el otro arco que conducía al pasillo principal de la mansión.

—Sí. Francamente ya no me sorprende verlos aparecer en cada rincón de éste lugar— respondió Clint con una sonrisa. Tenía que mentalizarse en ser él mismo, en no denotar su enamoramiento tan descaradamente debido a una primaria ilusión para no seguir incrementando el miedo en Bruce... Sólo ser él mismo, con sus imperfecciones.

El científico se cruzó de brazos y asintió sin dejar de mirar a Clint a los ojos, como estudiándolo. El rubio tenía que aceptar que a pesar de que le encantaba ser el centro de atención de esos ojos marrones, ahora mismo se estaba incomodando un poco.

Entonces la mirada de Bruce se alzó y se quedó clavada en el muérdago, en dónde Clint estaba parado ahora. ¿Cómo diablos llegó ahí? No lo supo, sólo sabía que había dado un par de pasos hacía atrás ante la mirada escrutadora de Bruce. ¡Infiernos! Ahora Banner pensaría que lo había hecho a propósito, y aunque probablemente lo habría hecho, esta vez no fue intencional.

—Oh, joder…— musitó mirando también el muérdago. Iba a adelantarse y explicar que no había sido su intención, pero…

—Por favor, no te muevas— dijo Bruce.

Clint bajó la cabeza para verlo y se dio cuenta de que el científico se estaba acercando a él casi con cautela. ¡Oh, Dios! Ahí estaba ese suave y adorable rubor en las mejillas de Bruce. Tragó en seco cuando ya tenía a Bruce a medio metro de distancia. Clint tuvo que hacer uso de todo su autocontrol, porque Bruce hizo ese hermoso gesto de lamerse el labio inferior cada que estaba nervioso.

—Creo que América lo puso hace un ahora— musitó sin despegar la mirada de los ojos azules de Clint—, y creo saber la razón. Al menos después de lo que me gritó en mi laboratorio.

Clint parpadeó con toda la intención de preguntar qué le habría dicho Miss América al científico, pero no pudo hacerlo cuando sintió que su cerebro se derretía cual nieve y sus rodillas temblaban como gelatina. Porque Bruce Banner lo tomó suavemente por la nuca y rompió la pequeña distancia para rozar simplemente sus labios en los ajenos.

Y Clint no pudo seguir fingiendo, alzó también una mano hasta aterrizarla en la mejilla rasposa de Bruce. Impulsivo tal cuál era, aprisionó más esos labios y no pasó demasiado tiempo para profundizar el contacto. Sintió a Bruce titubear un poco, pero Clint no iba a retroceder esta vez ante la inseguridad del científico. Si tenía que mostrarse tal cual era, lo haría dejándole saber su anhelo y su pasión.

Pronto supo que Bruce lo estaba aceptando rotundamente cuando finalmente abrió un poco los labios para dejar que la lengua de Clint se colara en su boca. Y sí, de comenzar como un beso vacilante, era ahora uno arrebatado. El agarre en la nuca del arquero y la mejilla de Bruce se volvió demandante.

Poco a poco, y sintiendo la necesidad puramente humana de aire, el beso fue bajando de intensidad, pero no de intención. Sus frentes se pegaron y cuando Clint entreabrió los ojos se percató de la mueca sonriente y satisfecha de Bruce. Era glorioso.

Lamiéndose los labios y separándose un poco, Bruce amplió su sonrisa.

—¿Sabías que una de tus más impresionantes imperfecciones es ser impetuosamente ansioso?— preguntó un tanto divertido. Lo que era impresionante de ver en el siempre contrito científico.

—Lo he escuchado, sí— se encogió de hombros Clint, imitando la suave sonrisa de Bruce y sin soltar su mejilla, llevando la otra mano hasta la espalda del otro. Casi enseguida frunció el ceño cuando su cerebro dejó de volar por las nubes y reparó en las palabras dichas por Bruce antes de besarlo—. ¿Qué dices que te gritó América en tu laboratorio?

—Sólo asomó la cabeza y gritó una palabra, luego se marchó— respondió  Bruce con una pequeña risa ronca. Cuando vio a Clint alzar una ceja, parpadeó y suavizó la mueca divertida—. Cobarde. Esa fue la palabra que gritó.

Clint alzó ambas cejas hasta casi rozar el nacimiento de su pelo, su mente comenzaba a dibujar una escena en la que regaba a la chica latina hasta cansarse, pero después de todo no le extrañó demasiado. Era por eso que América y Kate habían nacido para estar juntas, par de locas.

—Me di cuenta de que tenía razón. Era un cobarde. Pero ahora…

Clint ya no dejó hablar a Bruce y le besó otra vez. Ahora fue un beso más casto pero igual de entregado.

—¿Sabes?— musitó en los labios del científico— No soy perfecto, Bruce. Y tú tampoco, pero creo que éste muérdago sí lo es— señaló con la vista la planta encima de sus cabezas.

—Estoy de acuerdo. El muérdago perfecto— respondió Bruce.

Clint se separó de Bruce y se alzó de puntas para descolgar la ramita verde. Miró a Bruce con tal diversión que el científico enarcó una ceja sospechosamente, pero no dejó de sonreír.

—¿Quieres ver qué sucede si lo pongo en el techo de mi habitación?

Bruce bajó el rostro y el adorable rubor en sus mejillas resplandeció ante la mirada pícara del arquero.

—Iuuugh… no tan pronto— se escuchó  la voz de América.

Ambos la voltearon a ver. Ella y Kate espiándolos desde el arco de la sala.

—A lo suyo, Sherlocks Holmes— gruñó Clint rodando los ojos. Entonces Bruce le quitó el muérdago y tomó su mano.

—Tal vez se vea mejor desde el techo de mi habitación. Al menos está más ordenada— dijo con seguridad y le tomó todo a Clint no jadear con sorpresa y derretirse ahí mismo.

Ya no vio el gesto sorpresivo de América y la enorme sonrisa de Kate. Sólo se dejó guiar por Bruce. E iba aceptar todo lo que Bruce quisiera mostrarle, desde una prometedora noche de lujuria o una emotiva charla sobre sus sentimientos. Entonces él podría mostrarse tal y como era por fin. Con todas sus imperfecciones.

*FIN*



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