3/1/18

¡Feliz Amigo Invisible, Keena Sigrunn!

Para: Keena Sigrunn
De: Látex (Pinch-Hitter)
Título: Bajo el Muérdago Perfecto.
Pareja: Bruce Banner/Clint Barton (Amerikate de fondo)
Resumen: Kate no puede ver a Clint triste, así que decide que cambiará eso con ayuda de su novia. Claro que los métodos de América son menos... complejos que los suyos, y finalmente más efectivos.
Clasificación: Para todo público.
Advertencias: Ninguna.
Renuncia: Todos los personajes pertenecen a Marvel Studios.






 *Bajo el Muérdago Perfecto*

Clint la miró entrecerrando los ojos sospechosamente. Kate rodó los suyos y siguió tomándolo de la mano para guiarlo dentro de la pizzería. Se sabía de sobra esas miradas y después de tanto tiempo conociéndolo, ninguna la hacía sentir tan mal.


—¿De qué va todo esto, chica?— preguntó finalmente el rubio entre dientes.

Kate paró en seco y encaró a su amigo y mentor.

—Deja de llamarme “chica”. Conoces mi nombre de sobra, ¿es tan difícil pronunciarlo?

Clint esbozó una pequeñísima sonrisa de lado. Y eso fue un triunfo para Kate absolutamente. El rubio se había visto bastante decaído durante las últimas semanas, y eso estaba mal en todos los niveles. A Kate le disgustaba tremendamente todo lo que pusiera enojado o triste a Clint Barton, a tal grado que el estado de ánimo negativo de su mejor amigo la contagiaba. Como consecuencia, Kate se había deprimido un poco también.

América la había acorralado una noche para cuestionar el por qué de su ánimo vacilante. La inteligente latina había logrado sacar de Kate lo que ella misma se preguntaba. No le sorprendió, América la conocía como la palma de su mano. Así que entre las dos llegaron a la conclusión de que Clint estaba decaído por algo… más bien alguien, que había rondando los pensamientos del rubio durante mucho tiempo. Y aunque Kate se sintió un poco herida de que Clint no confiara lo suficientemente en ella para confesarle el por qué de su mal talante, aceptó la idea de América.

Porque no podían ayudar a Clint sin tener las pruebas de que esto funcionaría correctamente y el arquero mayor pudiera salir triunfador. Así que, como un buen trabajo en equipo, Kate se encargaría de Clint y América intentaría acercarse al escurridizo y nervioso Doctor Banner. Y Kate tenía que reconocer que la parte difícil le tocaría a su novia… Sólo esperaba no tener que recogerla en pedazos después de que cierto gigante verde se sintiera amenazado.

Apartando ese pensamiento inquietante de su mente con un ligero cabeceó, Kate correspondió a la sonrisita de Clint y lo guió hasta una cabina alejada de la pizzería.

—¿Por qué no la pedimos desde casa? Es lo que siempre hacemos— cuestionó el rubio cuando ambos se sentaron.

—Porque en casa no puedo disfrutar de una pizza de doble queso mientras te saco la sopa.

—Aw, que buena explicación— respondió él sin emoción alguna. Luego frunció el ceño ligeramente—. ¿Cómo lo supiste?... Espera, ya lo sé. América hizo dote de su complejo Sherlock Holmes de nuevo, ¿verdad? ¿Han estado espiándome?

—Uh... — balbuceó Kate ante la conclusión de Clint.

—Escucha, Kate— siguió Clint sin esperar una respuesta coherente apretándose el puente de la nariz—. No necesito que tú y tu novia hagan de cupido. Sé que el portar el arco y la flecha puede confundirte, pero esto no es fantasía. Bruce simplemente… Él no…

Y Clint dejó lo siguiente al aire. La mujer no supo si fue porque él no quería decir en voz alta lo que lo lastimaba o porque precisamente llegó el joven camarero a pedir su orden. Vaya, Kate comenzaba a sentirse un poco estúpida. Ella iba dispuesta a regañar a Clint por no atreverse a hablarle a Bruce sobre lo que, era evidente, sentía por él. No esperaba que de alguna manera ya lo había hecho y Bruce lo había rechazado. Joder, Clint tenía razón. Ella y América eran las “Sherlock Holmes” más patéticas de la historia. Pero quizás no tanto…

—Una grande con extra queso y dos sodas de naranja— escuchó decir a Clint al joven camarero. Luego él exhaló un enorme suspiro y se recargó en el respaldo del asiento en la cabina.

Kate repitió el suspiro sin darse cuenta y miró a Clint a los ojos.

—Lo siento— comenzó con suavidad—. Así que Bruce simplemente dijo que no— agregó bajando las cejas.

Clint resopló y desvío la mirada hacía la ventana, mirando las luces casi cegadoras del tráfico pesado y las que adornaban cada rincón de la ciudad por las fechas. Todavía  no había caído la primera nevada, pero las bufandas y abrigos eran tan indispensables como respirar. Clint se acomodó mejor el cuello de su chaqueta peluda y apretó los labios.

—Puedo hacer tantas cosas. Soy hábil en tantas cosas. ¿Por qué no puedo ser hábil para demostrarle que no tiene qué temer?

Y Kate terminó por comprender. A veces era sorprendente cómo la comunicación fluía entre ella y Clint. No sólo eran buenos juntos luchando, también lo eran como los mejores amigos. Se entendían con pocas palabras.

—¿Está enamorado de ti?— preguntó Kate de pronto. No fue una pregunta sorprendida, de hecho tenía toda la seriedad que era capaz de demostrar.

—No lo sé— negó Clint con la cabeza y volvió a mirarla de frente—. A veces creo que sí. Es decir, le veo mirarme con un brillo en sus ojos… La forma en que, sin darse cuenta, se sonroja. ¡No como una colegiala japonesa!— exclamó de pronto, y Kate sonrió suavemente cuando se dio cuenta de que la mirada de su amigo iba más allá de ella— No, apenas es visible, ¿sabes? Un ligero oscurecimiento en sus mejillas. Y la manera en que mueve las manos y se encorva, cuando se lame el labio inferior, tan nervioso. A veces deja que lo toque. No huye de mi contacto, ¿sabes? Y otras veces es él, no sé si lo hace conscientemente o no, pero él me toca, luego se da cuenta y se aparta… y es tan jodidamente adorable. Me escucha aunque la mayoría de lo que digo es basura. Si está haciendo ciencia deja de hacerla para ponerme atención…— suspiró largamente y dejó caer la mirada a la mesa—. Es la primera vez que no sé leer las señales. No sé si es amable conmigo porque así es él, amable y perfecto. O si siente algo…

—Y de todas formas da igual porque tiene miedo. Le da terror amarte, y también le da terror no amarte— habló Kate con nostalgia.

Clint subió la mirada de nuevo para verla. Iba a abrir la boca pero su pedido llegó y se obligó a sonreír con agradecimiento al camarero. El silencio se hizo un poco pesado cuando ambos tomaron una rebanada de su pizza y comenzaron a comerla. Fue Kate la que rompió con eso.

—Fue lo que me pasó a mí—  explicó tragando un bocado—. Tenía tanto miedo de descubrir si amaba o no a América. Ella era… perfecta. Es como vemos a las personas de las que nos enamoramos, ¿no es así?— sonrió y Clint la acompañó con un asentimiento— Y es cuando aceptamos que no son perfectos cuando la comprensión nos golpea. América trató de impresionarme cada vez que podía, era su forma de enamorarme. Y yo comencé a verla perfecta, pero todavía dudaba. Fue cuando se mostró ante mí como era realmente: imperfecta. Su inmadurez, su locura, sus enojos, sus tristezas… Y era jodidamente adorable, como dices tú— suspiró y tomó otra rebanada de pizza—. Entonces me di cuenta que sería algo muy jodido si no le daba la oportunidad. Y míranos ahora. Clint— agregó olvidando por un momento la rebanada—, muéstrate ante Bruce como eres, no intentes desnudar tu cuerpo frente a él antes que tu alma. Entonces él lo sabrá. Sabrá si es más grande el temor a amarte que el temor a no hacerlo.

Clint se quedó boquiabierto un segundo. Luego una pequeña sonrisa se formó en sus labios y fue ampliándose poco a poco.

—¿En serio estoy hablando con Kate Bishop? ¿Mi Kate Bishop?

—Tu Kate Bishop— asintió ella mordiendo espectacularmente su pizza y hablando con la boca llena—. La misma Kate que está loca por América Chávez y no quiere seguir viendo a su mejor amigo como un zombie tristeando por ahí por Bruce Banner. Porque, ¿sabes, Clint? Si al final del día gana el miedo de Bruce a amarte, tú sigues siendo Clint Barton. Él se lo perderá.

Clint respiró profundamente y tomó otra rebanada de pizza.

—Gracias— murmuró y se tragó casi la mitad de la pizza.

***

Con la barriga llena y el corazón menos apretado, Clint y Kate volvieron a la mansión Avengers de la pizzería, llevando un par de éstas para ser repartidas entre los pocos miembros del equipo que se habían quedado en Nueva York. La mansión ya había sido adornada debidamente, y las luces parpadeantes y el aroma del enorme árbol natural que adornaba la igualmente enorme sala, los recibió.

América Chávez saltó del sillón cuando los vio, mirando únicamente las pizzas.

—¡Llegan a tiempo para la cena! ¡Uh, pizza!— exclamó con esa jovialidad que Kate adoraba.

—Lávate las manos primero, “princesa”— dijo ésta alejando la caja de pizza en sus manos y diciendo la última palabra en español.

América sonrió ampliamente, le encantaba cuando Kate mostraba sus progresos en el idioma. Así que lo demostró tomándola del ambas mejillas y plantando un sonoro beso en sus labios.

Clint escondió una sonrisa cariñosa al verlas y se dirigió al comedor para dejar su respectiva caja. Tal vez iría a pulir sus flechas o a entrenar un poco para entrar en calor. Después de todo, había llegado a la conclusión junto a Kate de que lo mejor era intentar alejarse un poco de Bruce. Dejarlo pensar en sus sentimientos y en lo que verdaderamente temía.

Cuando paso por debajo del arco que separaba el comedor de la cocina, vio un muérdago colgado. Resopló casi imperceptiblemente, había un montón de esos por toda la mansión. Eso había sido obra de América y Tony, sin duda. La primera en un intento de besar a Kate cada que se encontraran bajo uno, aunque de lo más absurdo, pensó Clint. América besaba a Kate todo el tiempo sin necesitar de incentivos muerdagenses… Y Tony… bueno, a Stark le gustaba joder a todo el mundo. Ciertamente el beso que Thor le dio a Steve el primer día que aparecieron los muérdagos todavía hacía retorcerse de vergüenza al súper soldado… y a Clint retorcerse de hilaridad.

Con una sonrisa más grande al recordar la cara de Steve, dejó la caja de pizza sobre la mesa.

—Ese no estaba ahí hace un rato— escuchó una suave y ronca voz.

La espalda de Clint se tensó por un momento al reconocer al dueño de esa voz. Recordando su plática previa con Kate, bajó los hombros sin permitirse sonorizar su suspiro. Se giró finalmente para ver a Bruce recargado en la isla de la cocina, seguramente acabado de llegar por el otro arco que conducía al pasillo principal de la mansión.

—Sí. Francamente ya no me sorprende verlos aparecer en cada rincón de éste lugar— respondió Clint con una sonrisa. Tenía que mentalizarse en ser él mismo, en no denotar su enamoramiento tan descaradamente debido a una primaria ilusión para no seguir incrementando el miedo en Bruce... Sólo ser él mismo, con sus imperfecciones.

El científico se cruzó de brazos y asintió sin dejar de mirar a Clint a los ojos, como estudiándolo. El rubio tenía que aceptar que a pesar de que le encantaba ser el centro de atención de esos ojos marrones, ahora mismo se estaba incomodando un poco.

Entonces la mirada de Bruce se alzó y se quedó clavada en el muérdago, en dónde Clint estaba parado ahora. ¿Cómo diablos llegó ahí? No lo supo, sólo sabía que había dado un par de pasos hacía atrás ante la mirada escrutadora de Bruce. ¡Infiernos! Ahora Banner pensaría que lo había hecho a propósito, y aunque probablemente lo habría hecho, esta vez no fue intencional.

—Oh, joder…— musitó mirando también el muérdago. Iba a adelantarse y explicar que no había sido su intención, pero…

—Por favor, no te muevas— dijo Bruce.

Clint bajó la cabeza para verlo y se dio cuenta de que el científico se estaba acercando a él casi con cautela. ¡Oh, Dios! Ahí estaba ese suave y adorable rubor en las mejillas de Bruce. Tragó en seco cuando ya tenía a Bruce a medio metro de distancia. Clint tuvo que hacer uso de todo su autocontrol, porque Bruce hizo ese hermoso gesto de lamerse el labio inferior cada que estaba nervioso.

—Creo que América lo puso hace un ahora— musitó sin despegar la mirada de los ojos azules de Clint—, y creo saber la razón. Al menos después de lo que me gritó en mi laboratorio.

Clint parpadeó con toda la intención de preguntar qué le habría dicho Miss América al científico, pero no pudo hacerlo cuando sintió que su cerebro se derretía cual nieve y sus rodillas temblaban como gelatina. Porque Bruce Banner lo tomó suavemente por la nuca y rompió la pequeña distancia para rozar simplemente sus labios en los ajenos.

Y Clint no pudo seguir fingiendo, alzó también una mano hasta aterrizarla en la mejilla rasposa de Bruce. Impulsivo tal cuál era, aprisionó más esos labios y no pasó demasiado tiempo para profundizar el contacto. Sintió a Bruce titubear un poco, pero Clint no iba a retroceder esta vez ante la inseguridad del científico. Si tenía que mostrarse tal cual era, lo haría dejándole saber su anhelo y su pasión.

Pronto supo que Bruce lo estaba aceptando rotundamente cuando finalmente abrió un poco los labios para dejar que la lengua de Clint se colara en su boca. Y sí, de comenzar como un beso vacilante, era ahora uno arrebatado. El agarre en la nuca del arquero y la mejilla de Bruce se volvió demandante.

Poco a poco, y sintiendo la necesidad puramente humana de aire, el beso fue bajando de intensidad, pero no de intención. Sus frentes se pegaron y cuando Clint entreabrió los ojos se percató de la mueca sonriente y satisfecha de Bruce. Era glorioso.

Lamiéndose los labios y separándose un poco, Bruce amplió su sonrisa.

—¿Sabías que una de tus más impresionantes imperfecciones es ser impetuosamente ansioso?— preguntó un tanto divertido. Lo que era impresionante de ver en el siempre contrito científico.

—Lo he escuchado, sí— se encogió de hombros Clint, imitando la suave sonrisa de Bruce y sin soltar su mejilla, llevando la otra mano hasta la espalda del otro. Casi enseguida frunció el ceño cuando su cerebro dejó de volar por las nubes y reparó en las palabras dichas por Bruce antes de besarlo—. ¿Qué dices que te gritó América en tu laboratorio?

—Sólo asomó la cabeza y gritó una palabra, luego se marchó— respondió  Bruce con una pequeña risa ronca. Cuando vio a Clint alzar una ceja, parpadeó y suavizó la mueca divertida—. Cobarde. Esa fue la palabra que gritó.

Clint alzó ambas cejas hasta casi rozar el nacimiento de su pelo, su mente comenzaba a dibujar una escena en la que regaba a la chica latina hasta cansarse, pero después de todo no le extrañó demasiado. Era por eso que América y Kate habían nacido para estar juntas, par de locas.

—Me di cuenta de que tenía razón. Era un cobarde. Pero ahora…

Clint ya no dejó hablar a Bruce y le besó otra vez. Ahora fue un beso más casto pero igual de entregado.

—¿Sabes?— musitó en los labios del científico— No soy perfecto, Bruce. Y tú tampoco, pero creo que éste muérdago sí lo es— señaló con la vista la planta encima de sus cabezas.

—Estoy de acuerdo. El muérdago perfecto— respondió Bruce.

Clint se separó de Bruce y se alzó de puntas para descolgar la ramita verde. Miró a Bruce con tal diversión que el científico enarcó una ceja sospechosamente, pero no dejó de sonreír.

—¿Quieres ver qué sucede si lo pongo en el techo de mi habitación?

Bruce bajó el rostro y el adorable rubor en sus mejillas resplandeció ante la mirada pícara del arquero.

—Iuuugh… no tan pronto— se escuchó  la voz de América.

Ambos la voltearon a ver. Ella y Kate espiándolos desde el arco de la sala.

—A lo suyo, Sherlocks Holmes— gruñó Clint rodando los ojos. Entonces Bruce le quitó el muérdago y tomó su mano.

—Tal vez se vea mejor desde el techo de mi habitación. Al menos está más ordenada— dijo con seguridad y le tomó todo a Clint no jadear con sorpresa y derretirse ahí mismo.

Ya no vio el gesto sorpresivo de América y la enorme sonrisa de Kate. Sólo se dejó guiar por Bruce. E iba aceptar todo lo que Bruce quisiera mostrarle, desde una prometedora noche de lujuria o una emotiva charla sobre sus sentimientos. Entonces él podría mostrarse tal y como era por fin. Con todas sus imperfecciones.

*FIN*



2/1/18

¡Feliz Amigo Invisible, Sakura Princess Yaoi!

Para: Sakura Princess Yaoi
De: Látex (Pinch-Hitter)
Título: Durazno & Melocotón
Pareja: Matt Murdock/Peter Parker  Matt Murdock/Elektra Natchios
Resumen: Elektra es fuerte. Y sabe demostrarlo cuando se da cuenta del por qué Matt no puede amarla como ella a él.
Clasificación: Para todo público.
Advertencias: Universo Alterno.
Renuncia: Todos los personajes pertenecen a Marvel Studios.




*Durazno & Melocotón*

Seguía repasando su dedo índice por sobre la suave piel. Era una sensación tan diferente a lo que había sentido antes. Podía escucharla respirar tranquilamente. Podía olerla también, el sutil aroma a sudor mezclado con el más fuerte aroma del desodorante aduraznado. Podía sentirla, acurrucada en su pecho; la suave mejilla pegada a su hombro, la respiración acompasada chocando una y otra vez contra su cuello, la suave mano rodeando casi distraídamente su cintura, los senos redondos y firmes un poco comprimidos casi a la misma altura que sus pectorales, el suave vientre, el pubis afeitado (seguramente en una forma preciosa) casi encajando con su propio sexo, y las largas piernas firmes enredadas en las suyas.


Matt suspiró no lamentado no poder ser capaz de verla, al final de cuentas podía sentirla completamente mientras él seguía arrullando con su dedo aquella estrecha espalda, y el poder sentir era algo que ahora apreciaba mucho más que el poder ver. Elektra Natchios, la chica en sus brazos, era perfecta. Y él, Matt Murdock, el brillante aspirante a abogado invidente, era todo lo contrario a ella.

Porque ella había sido como un salvavidas en la tribulación de sus sentimientos. Su cariño el consuelo ante el amor que intentaba sepultar inutilmente. Elektra había llegado a su vida justo cuando más la necesitaba, adecuado o no. Y Matt era consciente de que lo que verdaderamente le hacía permanecer a lado de esa maravillosa chica era su propia culpa.

Y era tan doloroso, mucho más porque Elektra, demostrando siempre su fortaleza, nunca le había dicho con palabras lo que le demostraba con hechos. La forma en que suavizaba el tono de su voz cuando estaban juntos, las palabras rayadas en la ternura cuando estaban a solas, su increíble preocupación por él, aunque él no necesitara que ella se preocupara por su ceguera. El simple hecho de estar ahí junto a él en los momentos bajos…

Suspiró de nuevo.

Matt no necesitaba que Elektra dijera las palabras mágicas. Y si era sincero consigo mismo, tampoco quería que las dijera. Entonces él no sabría cómo responder. Mentir no era tan difícil (el mismo se mentía todo el tiempo). Podría fingir que correspondía enteramente a los sentimientos de la chica, pero la única verdad era que el mentir precisamente en ello sólo lo hundiría más profundo en el pozo que él mismo cavó para sí, tan profundo que quizá ya no habría manera de salir.

En algún momento (y tendría que ser pronto), Matt tenía que ser sincero con la chica que había logrado poner una sonrisa sincera en su rostro. Porque era ya definitivo que no podría amarla como ella necesitaba, y tampoco sería capaz de seguir alimentando ese cariño. No podía seguir lastimándola.

Ahora mismo, mientras compartían cama… bueno, era sólo el consuelo mutuo. No habían pasado más allá de caricias lascivas, de sentirse desnudos uno contra el otro. Quizás era el nulo pudor de la fuerte griega, o el hecho de que no conocería la timidez frente a Matt. La invidencia tenía sus ventajas. Y Matt, justo como ahora, terminaba pensando que sólo se aprovechaba de lo que Elektra podía albergar en su pecho por él.

***

El agua tibia siempre era un desahogo para Elektra. La joven universitaria encontraba en la ducha diaria un momento para estar consigo misma. Lejos del bullicio de la vida en el campus y de sus bulliciosos compañeros de clase. De los imbéciles que creían que podrían tener acceso a ella por el simple  hecho de respirar el mismo aire. No, Elektra siempre fue selectiva. Le gustaba jugar y coquetear como cualquier chica en su posición y edad. Los hombres jóvenes —y no tan jóvenes— eran cabezas llenas de paja, y como en cualquier pajar, siempre había basura; en éste caso, basura erótica.

Elektra se sabía guapa, dominante y ruda. E inalcanzable, eso jamás lo dejaba en duda cuando utilizaba las artes marciales aprendidas en su niñez para frenar cualquier estúpido intento de acoso. Y claro, también era inteligente. Sabía de sobra que había chicos en los qué encontrar un diamante en el pajar de sus cabezas. Pero generalmente esta clase de tipos no se acercaban a mujeres como ella por simple complejo de inferioridad y falta crónica del sentido de la aventura.

Había alguien sin embargo que había llamado su atención casi de inmediato. Y no, no había sido porque Matt Murdock fuese uno de los pocos estudiantes con alguna discapacidad física en la Universidad de Columbia. Era porque, a pesar de dicha discapacidad, Matt era capaz de demostrar que valía mucho más que aquellos imbéciles y aquellos cobardes; era capaz de convertir su “debilidad” en una ventaja. Y había cierta melancolía en él que, por alguna absurda razón, la atrapó de inmediato.

Elektra había pensado en un principio que Matt era melancólico debido a su ceguera y su infancia (como sería lo más lógico). Y con ese pensamiento ella dio los primeros pasos para acercarse a él. Y lo hizo como era ella: inteligente. No mostró el mínimo de lástima porque no la sintió jamás por alguien como Murdock. Y entonces Matt dejó de ser una curiosidad para convertirse en casi una necesidad. Eso la hacía débil, pero a Elektra no la carcomía el hecho de mostrarse vulnerable, era también parte de su fuerza. Permitió que Matt se colara poco a poco en sus pensamientos, y ella se expuso ante Matt con el deseo de que él sintiera algo parecido a ella.

Ahora, bajo la regadera de la habitación de Matt en el campus, Elektra comenzaba a comprender que tal vez él no era capaz de sentir algo como lo que sentía ella. “Un sexto sentido femenino”, le habían dicho sus amigas. Pero Elektra no podía engañarse con ese tipo de bobadas. Elektra era inteligente, y le gustaba sentirse como tal. Así que aceptó, mientras envolvía su cuerpo atlético en la suave toalla, que tal vez había equivocado sus pasos. Aceptó con un suspiro tembloroso, una vez que se puso la ropa interior roja, que la melancolía de Matt tenía nombre y rostro.

***

La Universidad de Columbia había significado un gran cambio para Peter Parker. Mudarse de Nueva York un gran paso que, si bien había dudado mucho en dar por la preocupación que tía May le provocaba, ahora mismo no podía arrepentirse del todo de ello.

Tía May había sido muy comprensiva, igual que toda su vida juntos, y le había hecho ver a Peter que tenía que emprender su camino con sus propias alas. Vale, que había sido algo así lo que la mujer que era su segunda madre le había dicho.

Por supuesto, el mudarse de ciudad para estudiar bioquímica no había sido una decisión únicamente basada en las buenas referencias académicas. Había sido más bien el anhelo de un reencuentro.

Peter, joven y entusiasta, había llegado al campus con una enorme sonrisa esperanzada. Sin embargo pronto esa esperanza fue rota en pedazos. Se sintió miserable, porque aquellas palabras que había estudiado una y otra vez durante las semanas de preparación para ingresar a la universidad ahora no valían nada, ni siquiera para sus propios oídos.

Si había aceptado la beca que le ofrecía la Universidad de Columbia, fue más bien porque sabía que Matt estaría allí. Que quizás lo habría esperado, que tal vez había guardado ese cariño que dijo sentir antes de que él se marchara  primero.

Las primeras semanas fueron una tortura y desasosiego. Intentó por supuesto acercarse al estudiante de segundo año, pero sólo recibió indiferencia. Y después… el horrible puñetazo de haberlo visto besarse con esa guapa chica pelinegra. Pero entonces decidió que no podía huir como un cobarde ante su futuro. Enterraría, tal y como hizo Matt, las palabras y las castas caricias. Hizo la promesa de no engañarse a sí mismo como hacía Matt… o engañar a otros como hacía Matt.

Peter Parker no sabía que desde que pisó el campus, Matt Murdock procuraba pisar el mismo lugar que él para, al menos, oler su aroma. No sabía que era observado sin ser visto. Y lo único que hizo fue estudiar mucho, tal vez conseguir el cambio de universidad que había solicitado en cuanto terminará el año…

***

Ella sabía de sobra dónde encontrarlo, en qué lugares había estado. La ventaja de su vista era nula en comparación de la ventaja de Matt sin goza del sentido. Lo había notado despacio, no porque fuera despistada o pretendiera que lo suyo con Murdock prosperaba como las novelas clásicas, sino porque el invidente era tan habilidoso en ocultar sentimientos —los verdaderos— como en utilizar más allá de la maravilla los otros sentidos humanos aparte de la vista.

Matt había sido tan sutil, y Elektra era maestra en leer sutilezas.

Miró la espalda estrecha y los hombros enjutos, el avance entusiasta de aquel chico castaño. Nunca antes le había puesto verdadera atención cuando lo veía de lejos por los terrenos del campus. Simplemente el chico había sido invisible para ella, como la mayoría de novatos que inundaba de alegría los pasillos y aulas antes de que la vida universitaria los volviera paranoicos y lóbregos. Pero no pasó tanto tiempo para que comenzara a notar que, casualmente (y no tan casual después), Matt, tomado de su brazo y apoyándose de su bastón, casi la obligara a pasar por los caminos acabados de recorrer por ese chico.

Fue la noche anterior, sin embargo, antes de desnudarse y desnudar a Matt para simplemente sentirse y relajarse uno en brazos del otro, que Elektra sepultó el último vestigio de esa posibilidad en la que Matt no la amaba como ella quería.

Aquella libreta vieja y raída había caído accidentalmente del morral de Murdock, y Elektra sabía que si éste hubiera estado con ella en la habitación en ese momento, fácilmente la hubiera descubierto husmeando en las hojas rayadas. Tal vez incluso hubiera cuestionado la horrible tensión que su cuerpo desprendió cuando descubrió las palabras mal rimadas, los dibujos rayando en infantiles pero con un significado más que evidente.

Todavía se permitió un minuto entero para cuestionar si aquellas enrevesadas declaraciones de amor habían sido, quizás, de un amor infantil. Pero no. El mensaje era más que claro.

Así que se uso toda la fortaleza, madurez e inteligencia que presumía. Lo siguió hasta que él se sentó bajo uno de los viejos cipreses que adornaban las grandes jardineras, lejos también del bullicio general.

Peter la sintió sentarse a su lado, pero no despegó la mirada de su lectura. Le sorprendía que fuera precisamente esa chica con la que jamás había interactuado y con la que no quería tener ningún tipo de acercamiento, la que se aproximara a él. Sintió de pronto su corazón latir con fuerza, porque era evidente que ella había ido con un propósito. ¿Tal vez Matt le había confesado al fin que antes de besarla a ella, mucho antes, le había besado a él? De cualquier forma, Peter no se permitiría un escándalo por algo que ya tenía perdido. Si ella había ido a reclamarle, a exigir que no se acercara a Matt, tendría por default el juego ganado.

—Es un hombre valioso— fue lo primero que dijo ella con un suspiro tenue.

Evidentemente ella se refería a Matt. Porque Peter pensaba igual, a alguien como Matt sólo podría llamársele hombre, incluso él lo había hecho en las tontas y cursis declaraciones de amor que había escrito en su libreta perdida hacía tiempo. Esas en las que confesaba todo lo que Matt le hacía sentir, a sabiendas de que él no las vería jamás. Peter finalmente cerró el libro, dándole a entender a la chica que la escuchaba, pero siguió sin mirarla. Tampoco respondió, porque no tenía nada qué responder.

—¿En dónde fue?— preguntó ella entonces.

Peter se atrevió a mirarla de reojo para comprobar que ella tampoco lo miraba. Con Matt había aprendido (habían aprendido, constató) que los ojos no eran la verdadera ventana del alma.Parpadeó un par de veces y se encogió ligeramente de hombros.

—Hell’s Kitchen— respondió al fin, nunca había sido un cobarde y no comenzaría ahora—. Es un barrio de…

—Manhattan. Lo sé— sonrió ella de lado—. ¿Tú también vivías ahí?

—No. Queens— y lo dijo con un tono parco tal vez. Pero quería hacerle saber a ella que no diría más. Esos recuerdos eran suyos y de nadie más.

—Eran unos niños— comentó ella casi taciturna.

Peter parpadeó de nuevo, y esta vez sí giró el rostro para mirar el bello perfil de la chica. Parecía estar perdida con la vista del atardecer en el horizonte, más allá de los edificios de Ciencias. Y la luz anaranjada bañaba su  azabache cabello y su piel había tomado el color de los duraznos en primavera.

Apretó los ojos y volvió a centrarse en la tapa de su libro. Ella era hermosa, salvaje y hermosa. Matt no se enamoraba de un cuerpo y una cara, sino del interior. Debía dejar el pasado en el pasado y entender que ella había ocupado su lugar, o al menos el lugar que él ingenuamente había pensando tener.

—¿Sabes?— habló ella de nuevo, porque Peter simplemente no sabía qué decir ante su presencia. Se equivocó al pensar que ella gritaría y se volvería histérica; aunque quizás eso habría sido mejor que esto. Esto era tortura innecesaria— Cuando él me toca, sé que no está pensando en mí… Lo siento— se retractó de inmediato cuando Peter giró el rostro por completo para mirarla de lleno.

Elektra tragó en seco. Así no era como quería llevar la conversación; se había jurado no hacer de esto un reclamo llevado por los celos. Quería a Matt demasiado para hacerle esto. Y este chico... Suspiró pesadamente, porque era tan fácil imaginarlos juntos, riendo, compartiendo suaves caricias, esas que Matt le había dado a ella sin pensar realmente en ella.

Oprimió los labios y sacó la vieja libreta de su bolso. Escuchó el leve jadeo de Peter Parker a su lado, y cuando lo miró a los ojos por fin, vio lo que ella no había querido ver antes, lo que la hacía más ciega que el propio Matt.

—Esto te pertenece— le dijo volviendo a su seriedad habitual, depositando gentilemente la libreta sobre el libro entre las manos de Peter—. Y tú le perteneces a él. Vuelve a él.

—Él no…— comenzó Peter a negar con la cabeza, toda una revolución de sentimientos taladrándole el pecho, casi dolorosamente.

—Cuando la gente está confundida, sólo hace falta guiarlos de nuevo al sendero correcto. Yo he comenzado ahora, el resto te corresponde a ti. Y con Matt, bueno, sabes que necesita que alguien le tome la mano.

Y Peter Parker vio a esa increíble chica alejarse entre los edificios del campus, a la luz del atardecer, con el tono aduraznado de su piel.

***

Esta vez una leve sonrisa adornaba sus labios, y no pretendía ocultarla. Matt recorría la suave piel de Peter. Diferente la sensación, por supuesto. Y diferente la reacción. Escuchó el leve gemido soñoliento, sintió cómo el delgado cuerpo se enterraba más en su cuerpo, pecho con pecho, el sólido roce de dos miembros masculinos. La respiración intermitente de quién ha respirando agitadamente no hacía mucho rato. El aroma… dulce como el melocotón, el almizcle del sexo, tan embriagante como la entrega.

Subió una mano para acunar los cabellos ondulados, para enterrar su nariz en ellos y encundarse de su aroma. Ese que por cobardía había perdido hacía tiempo, y que por la misma cobardía había recuperado.

Porque Matt Murdock, hasta el momento en tuvo a Peter así, desnudo como él y acunado contra su cuerpo, fue libre de pensar, sentir y decir que amaba por fin.

~*~

¡Mi querida Sakura! Espero que te haya gustado aunque sea un poquito tu regalo. Como verás, tuve que hacerlo con la inspiración de... menos de dos horas. Pero te aseguro que con todo el cariño de mi kokoro.
Sé que amas el lemon (pícarona xD), pero en serio mi cabeza no dio para ello... De hecho creo que peca de ser demasiado fluff. Por alguna razón, Elektra se me vino a la cabeza de manera alarmante, en serio. 
Pero bueno, espero que sepas que te deseo un año genialoso, y agradezco que hayas formado parte del Amigo Invisible. ¡Te mando un gran beso y abrazo de oso polar!
Látex.


1/1/18

¿Quién es tu Amigo Invisible?

¡Muchas gracias por haber participado en el Amigo Invisible 2017!  Espero de corazón que hayan tenido una Navidad maravillosa (si la festejan, claro xD) y que éste año 2018 sea millones de veces mejor que el anterior.

Así pues, aquí está la lista del Amigo Invisible y quién le escribió a quién. Sería genial que le dieran sus impresiones a su AI, pueden hacerlo directamente en la entrada de su fic-regalo (los links están disponibles aquí para que  no haya confusiones, sólo denle click a los títulos de los fics), ya sea como anónimo pero sin olvidar poner su nombre, o con cualquier url (la de su página de face, por ejemplo) que quieran proporcionar si no tienen cuenta de blogger. Igualmente, también pueden dejar comentarios en los otros fics, ¡que fueron hechos para ser leídos, gente! Agradecimiento extra por su bello esfuerzo a quienes hicieron un cover-art o fanart para acompañar su fic.

A partir de éste momento, cada autor queda en libertad de subir su fic a su plataforma favorita si así lo desean.

Hubo una participante que de plano ni señales de humo me echó para decirme que no escribiría su fic y, esperando de todo corazón que se encuentre bien y su razón haya sido simple pereza o no compromiso, me alegra y me decepciona al mismo tiempo. Me alegra porque la persona a la que escribiría era yo, y claro, es decepcionante porque me hubiera gustado recibir mi regalito Y_Y.  Eso sí, disfruté leyendo cada fic antes que nadie muajajaja... ejem...

Pero ya, fuera de quejas, de verdad reitero mi agradecimiento al primer intercambio que organizo. Gracias por su tiempo y su dedicación. Si se repite en eventos posteriores, quizá deba pulir algunas cosas para que no vuelva a ocurrir lo de ésta vez. ¡Qué me estreso! Jajajajaja. Vale pues: ¡Espero que disfruten de sus regalos!

Sin más cháchara, aquí está la lista:



Tornasolare escribió Your Cherry Lips  para Alex (Stucky)

Kate Bishop escribió Feliz Primer Año Nuevo para TinkerBlack (Thundergamma)

Látex escribió Bajo el Muérdago Perfecto para Keena Sigrunn (Hulkeye & Amerikate)

Kenna Sigrunn escribió Ice Cream Kiss para Lyn Valo (Steve/Maria)

Lyn Valo escribió Una Promesa de Navidad para Kurumi-tan (Brutasha)

Kurumi-tan escribió De Pérdidas y Amores Eternos para Karelin Ólafsdóttir (Thundergamma)

Karelin Ólafsdóttir escribió Estos Tiempos  para Carmen Vázquez (T´Challa/Steve)

Carmen Vázquez escribió Cuando Llega El Amor para Rwana (Vision/Wanda & Tony/Bruce)

Rwana escribió Por Culpa de los Bichos para Aileen (Ironfrost)

Látex escribió Miracle para Vicky Ramírez (Thundergamma)

Vicky Ramírez escribió Es Simple Timidez  para Starfugaz (Stony)

Látex escribió Durazno & Melocotón para Sakura Princess Yaoi (Matt/Peter Matt/Elektra)

Sakura Princess Yaoi escribió En un Circo en Las Vegas para Kate Bishop (Hulkeye)

Alex escribió Endeble para Tornasolare (Stony)

¡De nuevo mil gracias por participar! ¡Ya saben que les amo mucho!

Edit: Vale, que como sospeché, los fics que faltaron no llegaron. Así que la hice de Pinch-hitter y entregué un regalo extra, esperando que le hayan gustado a mi segunda AI. Hubo alguien que no recibió, pero como tampoco entregó, la verdad no me siento culpable de que se quedara sin regalo. Y otras cuestiones más... Auch, en serio ya me duele la cabeza. Y sí, me voy a ver un poco gruñona con esas personitas informales (que no siempre soy un pan de Dios): Si no querían escribir, si no tenían tiempo, si no les iba a importar que su AI se quedara sin regalo, ¿para qué se apuntaron? En serio, tremenda oda al incumplimiento. Excusas hay miles, y atendí las suyas de buena manera y de todas formas fallaron al último momento. Si hago algo como esto el próximo año o en alguna otra dinámica, evidentemente NO tomaré más en cuenta a quiénes incumplieron esta vez, ¿okas?

Y bueno, ahora sí doy por cerrado el Amigo Invisible 2017.

Látex.

¡Feliz Amigo Invisible, Alex!

Para: Alex
De: Tornasolare
Título: Your Cherry Lips
Pareja: Bucky x Steve
Resumen:  Steve está a punto de tomar una gran decisión, Bucky también. Ambos deciden que ninguno puede hacerlo sin el otro, sin el sabor de las cerezas en sus labios.
Clasificación: Gen (para todo público)
Advertencias: Ninguna.
Renuncia: Todos los personajes pertenecen a Marvel Studios







*Your Cherry Lips*

Abrió los ojos con desesperación, su brazo metálico palpaba con ansias, buscando algo que le anclara a tierra, que le salvara. Sin embargo no había nada, sólo sábanas, monocromáticas y arrugadas.

Se quedó un momento intentando comprobar lo que ya sabía; estaba a salvo. Aunque siempre lo dudaba, dudaba no estar soñando o bajo el efecto de una droga, y si así fuera; no le sorprendería en absoluto.
Se levantó casi de un salto, encaminándose al balcón.

Aquel balcón era algo así como su escape, su ancla. Odiaba los lugares fríos, cerrados y oscuros,  había tenido suficientes de ellos.

Pudo hacer un cálculo rápido, concluyendo que eran casi las tres de la mañana, cosa que aprendió en el ejército. Aún estaba oscuro, pero el aroma de la inconfundible llovizna matutina era un claro indicio de una madrugada en Brooklyn, su hogar. Aquel que comenzaba su diaria andanza mucho antes que los neoyorquinos, antes que Steve; pero no antes que él, probablemente la ciudad no le reconocía como suyo, tal vez no pertenecía allí.

Lamentablemente, aquél balcón no sólo le ayudaba a relajarse, sino también a recordar, a que las heridas pudiesen abrirse de nuevo.

Recordaba el dolor punzante y los gritos, el frío y la lucha. Recordaba luchar y luchar con todas sus fuerzas. También recordaba el único pensamiento que aún lo mantenía vivo. «No puedo dejarlo solo. ¿Quien va cuidarlo si no soy yo?»
Pero ahora todo tenía una respuesta, un sentido; y por más que doliera como el infierno, era lo correcto.
Recibió una serie de mensajes de Steve la noche anterior; unos que no se animó a responder, aquellos que le tenía despierto ahora:
«Su madrina me envió unas fotos con su vestido. Es blanco y bastante extravagante»
«Buck. Creo que mi traje no es muy apropiado»
«¿No vendrás a la torre? Todos preguntan por ti. Tony organizó ésta despedida por semanas»
«Buck… ¿Crees que hago lo correcto?»
«¿Bucky?»
«Descansa...»
No sabía si catalogarse como un cobarde o tal vez retribuir aquello a la “inexperiencia”, aunque él estaría consciente de la gran mentira que era aquello.

No le había costado acostumbrarse a ésta época, la tecnología, la gente, el pensamiento; tal vez el que estaba adelantando en los 40’s era él. Todo ahora era más fácil. Excepto contestar los mensajes de Steve, claro.
La ciudad de Nueva York hoy despertaría con un aire nuevo, emocionado. Su icono iba a contraer nupcias. El Capitán América se casaría al fin.
Aquel pensamiento agotó mucho al castaño, por lo cual abandonó aquel balcón dirigiéndose al colchón que solía ocupar como cama. Se acostó allí y, mirando al techo, rogó por una siesta tranquila, sin malestar.
Después de todo, al parecer no había rogado lo suficiente.
Se miró al espejo, llevaba un traje, elegante y hermoso. Tenía unos dieciséis años, pero con aquel traje se le veía aún mayor.

Un uniforme verde olivo que adornaba su ancha espalda y su imponente figura. Sin placas aún.
Era un fresco 10 de marzo, su cumpleaños número dieciocho.
Hace como tres años que había dejado de ser el hijo modelo y le había dejado de importar. Cuando su padre falleció se le derrumbó todo, las ilusiones, las esperanzas, y se había terminado de destruir cuando había llegado Michael, su padrastro y su peor pesadilla.
de hecho no culpaba a su madre, en absoluto, ya que ella era frágil y posiblemente James no era el mejor hijo, ni la mejor compañía.
Solía pasar su cumpleaños en casa, con su madre y amigos cercanos, pero esta vez sería diferente.
Había entrado al ejército hace ya tres meses y, desde entonces y para su fortuna, las damas no le dejaban en paz y tenía más amigo de los que podía contar con ambas manos.
No podía negar que todos aquellos amigos eran una”buena influencia” para él, sin embargo no todos habían llevado una vida fácil, era algo que él podía entender con tranquilidad.
Fue por la gorra que completaba su elegante uniforme cuando vio un viejo pedazo de papel caer de su armario. Vivía en un completo desorden desde que se alejó de la casa de su madre.

Se acercó a levantar dicho papel del piso, encontrándose con una fotografía suya junto a Steve, abrazados mientras sostenían el bagre más grande que haya visto en la vida. Un gran recuerdo de sus vacaciones en Missouri que vivía en su memoria, siempre con él, siempre con Steve.
Sonrió para sus adentros al recordarlo. Steve Rogers; aquel pequeño rubio que había conocido desde que tenía memoria, con el cuál había compartido la vida entera y muchas más si era posible. Pero ya no más, y vaya que dolía.
Recordaba haber sido un completo imbécil.
Recordaba haber lastimado a Steve.
Recordaba aquella sensación de querer morir.
Aquello sucedió hace casi dos años, en el funeral de su padre; donde salió huyendo como un cobarde al acercarse al féretro y verse completamente perdido porque aquel hombre ahí dentro ya no despertaría.

Aquel día corrió tanto como pudo, sin notar los pasos medianamente rápidos y la respiración moribunda tras él.

Llegó al campo de cerezas Heart Sprut, donde se perdió entre los matorrales y grandes árboles hasta llegar al pie del acantilado, planeando, sin dudarlo, ir más allá .
—¡Bucky!— gritó casi sin aire un vocecilla detrás suyo— ¡No lo hagas! Por favor... no lo hagas...
Aquella vocecilla le había detenido, más no necesitó voltear para saber de quién se trataba.
Tensó la mandíbula y apretó los puños, aquella voz no era de nadie más y nadie menos que su kryptonita, su talón de Aquiles. No pudo hacer más que caer de rodillas en el césped, soltando un doloroso grito y rompiendo en un silencioso llanto mientras que cubría su rostro con impotencia, realizando un pequeño corte en su labio inferior ante tan bruscos movimientos.

Después de unos minutos había sentido unas cuantas caricias en sus cabellos; delicadas y tiernas. Descubrió un poco su rostro antes de observar al pequeño rubiecito, estupefacto.
—Hey, Buck— sonrió tiernamente—. Tus labios de cereza... —murmuró acariciando los labios del más alto, quitando un rastro de sangre de éste, también refiriéndose a una broma privada que había nacido entre ambos en este mismo campo, cuando se comieron tantas cerezas que tenían los labios absolutamente rojos; lo cual terminó en un casto beso entre ambos niños, solo para poder comprobar si, efectivamente, sus labios sabían a cereza también.
—Ugh, Steve ya no soy un estúpido niño ¿si?— soltó de repente, odiaba sentirse vulnerable, y ese chico era el único que podía hacerle vulnerable.
—Yo… Sólo quería hacerte sentir mejor...
—Pues adivina qué, no necesito tu estúpida lástima, tu estúpida manera de "querer realizar hacerme sentir mejor"— respondió con enojo—. Éramos niños, Steve, superalo, ¿Crees que es normal que a un chico le guste otro chico? ¿O que desee un beso de uno? Pues no, no soy de las personas que lo cree normal—. Las lágrimas brotaban con sus mejillas al caminar frente al rubio en dirección contraria—. Suerte con tu estúpida vida, freak.
El joven soldado sacudió la cabeza ante el mal recuerdo. Steve nunca le había hablado de nuevo y creía que eso era lo mejor. Y quizá lo era. Pero... ¿Por qué había invitado al pequeño rubio a su fiesta? Pues... él mismo iba a averiguarlo.
Escuchó un claxon de un auto fuera de su casa y , con un último retoque, salió de su casa hacia aquel auto; rumbo a aquella fiesta.
Dos horas después, se encontraba en el hangar de la base aérea, festejando hasta más no poder, bailando con destreza junto a Rosemarie, una hermosa pelirroja con quién planeaba salir pronto.
De repente, notó varios murmullos y miradas que llenaban la entrada. De allí vio a un pequeño rubio abriéndose paso tímidamente hasta adentro, con un impecable traje y un pequeño ramo de rosas.
—Hey. ¿Y tú qué haces aquí, Rogers?— preguntó de mala manera un chico que se encontraba por allí.
—Buck… Bucky me invitó— dijo mientras se acercaba al soldado, extendiéndole el ramo con una linda sonrisa—. Feliz cumpleaños, Buck...
James sintió sus mejillas arder mientras negaba con la cabeza. La verdad era que no pensaba que Steve iría y las miradas hacia él le llenaron de vergüenza, por lo cuál no pensó lo que dijo.
—Yo... yo no te invité, Rogers— vio hacia quienes lo miraban atentamente—. Les juro que no tengo nada que ver con él— afirmó antes de tomar de la cintura a Rosemarie e irse de allí.
Vio como sacaban a Steve de aquel lugar y no pudo dejar de pensar en ello unos minutos.
Su mente le torturaba y llegó a la conclusión de que no quería pasar su cumpleaños con nadie que no fuera aquel rubiecito.
Salió a toda prisa hacia donde seguro lo encontraría: Heart Sprut.
Al llegar no pudo hacer más que correr hacia el acantilado, donde pudo ver entre el césped una pequeña figura sentada mientras veía el atardecer.

Suspiró y tomó una bocanada de aire antes de acercarse y sentarse al lado suyo, sin decir palabra. Sorprendentemente, fue el rubio quien habló primero.
—Siento haberte avergonzado— murmuró también sin mirarlo.
—No lo hiciste, yo fui el idiota— lo miró y suspiró —. Perdóname.
El rubio también clavó su mirada en el contrario y asintió encogiéndose de hombros. Bucky se acercó a él y le rodeó con los brazos, suavemente.
—Te quiero, Steve— susurró y se separó del abrazo para luego acercarse por mero impulso y besar los labios del contrario, quién correspondió con adorable torpeza. Se separó del beso segundos después, sonriendo dulcemente igual que el soldado—. Steve... tus labios de cereza— susurró con una sonrisa socarrona en el rostro.
Vaya que fue un gran cumpleaños.
Despertó agitado, con sus labios adormecidos producto del paralizantes sueño, pero llenos de aquel sabor a cereza, llenos de aquel sabor a Steve..
Estuvo un rato en shock hasta unos minutos después, dónde no pudo hacer más que echarse a llorar como un crío.
Le dolía, dolía tener que estar solo, dolía no poder soñar más de aquello, le dolía no poder tener a Steve. Dolía como el infierno.
Dentro de su llanto incansable llegó una conclusión un tanto interesante. El amor de su vida se casaba hoy, quién calmaba su furia, quién le daba luz. Aquel hermoso chico de labios cereza.
Debía detener aquello.
Se levantó de aquel colchón y, como alma que lleva el diablo, salió de su departamento y condujo rápidamente aquella motocicleta suya; rumbo a la iglesia.
Casi a la mitad del viaje una serie de pensamientos le atacaron: ¿De verdad amaba a Steve? Y si así era.. ¿Iba a impedir que fuese feliz?

Había tardado como dos segundos en redireccionar la moto hacia el norte de Brooklyn, donde daría el último adiós.

El llanto no había cesado, ni durante el viaje ni al llegar al gran campo de cerezos Heart Sprut, el cual había quedado casi desierto. Ya no existían cultivos, solo grandes árboles y una verde pradera.

Caminó lentamente hacia el acantilado con la mirada perdida y el corazón rebosante de expectativa.

Por algunos segundos había pensado que iba a ver a una silueta, delgada y hermosa, allí, esperándolo.

Pero nada de eso llegó, y él sólo se dedicó a sentarse al borde del lugar, entre el césped, con el llanto inundando su alma.
—Buck…
Su oído se agudizó, negándose a voltear, creyendo que no es nada más que una fantasía, una muy mala broma que le jugaba su mente.
—Bucky..
—No— contestó el castaño sin voltear aún—. Steve, no debes estar aquí. Yo te necesito ahí— murmuró sin creérselo del todo—. Steve… necesito que estés allí..
—Buck... No pude. No puedo hacerlo sin ti— susurró la voz más hermosa sobre la tierra.
—Yo... lo siento. ¿Sí, Steve? Prometo ir a verte luego, ahora... Ahora no puedo, fortachón, entiende— sorbió la nariz.
—No James, no entiendes. Tú deberías estar allí, parado junto a mi, siempre junto a mi.
Unos fuertes brazos le rodearon, lo cual le hizo llorar mucho más. El nombrado volteó y sin más, unió sus labios con los del contrario, en un desesperado y surrealista beso que el rubio no dudó en corresponder, con suma ternura y regocijo.
El corazón de ambos ya estaba completo al fin.
Se separaron un rato después, ambos sonriendo bobamente, como dos pequeños chiquillos luego de comer muchas cerezas.

Sus frentes se juntaron y sus narices no dudaron en acariciarse.
—Hey, Stevie... —susurró el castaño, dando fin a sus pesadillas—. Tus labios de cereza…
El rubio no pudo hacer nada más que rodear al castaño con sus brazos antes de besarlo nuevamente.

*FIN*
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